"El que no se ruboriza del mal que hace es un miserable", decía Aristóteles.
"Los corruptos no sienten vergüenza y tampoco la ley les merece respeto", afirma Victoria Camps. "En los casos de corrupcíón política, nadie dimite, nadie se avergüenza
de lo que ha hecho, nadie confiesa sus errores ni sus faltas, todo queda
remitido a la dinámica procesal que será favorable o no al acusado". El
corrupto -en la política, el deporte, las finanzas, la actividad
profesional...- intenta ocultarse en el silencio o la mendacidad,
esperando que con suerte no quede inculpado. "Así -dice Victoria Camps- son los desvergonzados, actúan impunemente
con la esperanza de que su culpa no les será imputada. No sienten
vergüenza ninguna porque tampoco la ley les merece ningún respeto".
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